lunes, 11 de julio de 2011

El país en que cada día se odia un poco más


Por Jorge Ortiz
¿Se ha puesto usted, estimado amigo, a revisar los comentarios que en esta página y en otras hacen los lectores? ¿Ha seguido las discusiones que con frecuencia se arman? Confieso que yo ya no. Lo hacía antes, con enorme paciencia, pero la paciencia se agotó. Y ahora no lo hago nunca. O casi nunca: la semana anterior, llevado por un optimismo inexplicable, leí durante un par de días los “comentarios” que a mi artículo y a otros habían hecho los lectores. Y, por supuesto, decidí volver a mi sana costumbre anterior: nunca más volveré a leerlos, como sabiamente me abstenía de hacerlo antes.
Me explico: a los periodistas, que -se supone- estamos formados para poder analizar con prolijidad y severidad los acontecimientos de nuestra área de especialización, nos deberían ser muy útiles las opiniones y reacciones del público. Ellas deberían ayudarnos a moldear nuestra percepción de la sociedad y de su talante. Más aún, durante los muchos años en que trabajé en canales de televisión (Ecuavisa y Teleamazonas), yo siempre pedí al público que me hiciera llegar sus comentarios, y los agradecí sinceramente y los acogí frecuentemente. Pero…
Pero, para infortunio de este sufrido país, el talante de los ecuatorianos cambió negativa y peligrosamente durante los últimos años: los puños se cerraron, los ánimos se crisparon, las actitudes se tensaron y las posiciones se radicalizaron. Y, claro, los comentarios del público se volvieron groseros, incluso violentos, y los argumentos capaces de sostener una crítica (e incluso un elogio) fueron reemplazados por las ofensas, las descalificaciones, los insultos, los agravios y, en muchos casos, hasta las calumnias.
Y, así, este país, habitualmente amistoso y amable, en que le gente se reunía en torno a una taza de café para discutir sus diferencias con pasión y emoción, pero con cordialidad y sin odios, está ahora malhumorado, intolerante, agrio y agresivo. Sí: malhumorado, intolerante, agrio y agresivo. ¿Por culpa de quién?
Usted, estimado lector, persona leída y culta, sin duda sabe que, a lo largo de la historia, los líderes y gobernantes han tenido la misteriosa capacidad de moldear a sus pueblos, incluso en aspectos externos y superfluos. Fue así (y estos son nada más que unos ejemplos sueltos, rescatados de la memoria) que durante los años del reinado de Victoria los ingleses adoptaron el estilo de vida y las virtudes morales de su soberana, que los franceses se dejaron crecer el bigote a lo Napoleón III, que los italianos se cortaron casi a mate el pelo como lo hacía Humberto I y que los altos funcionarios vieneses se parecían al emperador Francisco José, con la barbilla afeitada y las patillas unidas al bigote. Incluso hoy, las familias piamontesas ponen a sus hijos nombres de los reyes y príncipes de la casa de Saboya, muertos hace muchos años: Humberto, Carlos Alberto, Manuel Felipe, Amadeo…
Sí, los líderes y gobernantes han tenido siempre la misteriosa capacidad de moldear a sus pueblos. La historia lo ha demostrado. ¿Quién habrá moldeado al Ecuador para que esté ahora malhumorado, intolerante, agrio y agresivo?
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Demás está decir que no leeré los comentarios que se hagan a este artículo. Así que, parodiando la feliz expresión de un quiteño sabio y ocurrido, diré a quienes quieran ofenderme que yo me doy por insultado y que ellos se den por satisfechos.